Decía Platón que el cuerpo es la cárcel, que el
encadenamiento del alma a nuestra propia vida se debe a que ésta necesita
purificarse y que siguiendo el ritmo de las propias cosas una vez se produzca
nuestra muerte física el alma será libre.
Somos la generación más perdida y más deprimida de la
historia. Con una gran trayectoria de ases a nuestras espaldas quedamos
nosotros, cartas que no valen nada. Aprendimos a fingir, a mentir demasiado
temprano por descubrir, demasiado temprano también, lo que se desgarra el alma
si no se oculta.
Vivimos como si fuéramos a morir mañana y lo que más asusta es la apatía en el caso de que mañana dejásemos de existir y es que nos lanzamos de cabeza a todo lo que nos mate porque nos han arrebatado las ganas de vivir. Escuché una vez que la única forma para que no te rompan el corazón es fingir que no tienes uno. Bebemos, nos drogamos, por olvidar que existimos, no sabemos qué hacer con nuestra vida y en cada bocanada se nos cala el miedo en los pulmones, crecimos demasiado rápido en un clima poco propicio y nunca seremos libres porque nuestra peor cárcel somos nosotros mismos.
Llevamos la tristeza en los ojos, vivimos con miedo a sostener la mirada a quién sabe ver, por si nos ven a través de las grietas y les cortan nuestros rotos. El insomnio en las ojeras, las heridas, los cortes y las cicatrices grabados a fuego en la piel.
Nada de lo que haremos será suficiente, suficiente para la sociedad, para nuestros padres, para nosotros mismos. Vivimos fallando, y jode, que vivamos para fallar.
Llevamos tanto en esta continua guerra interna que creemos en la paz cuando sólo hay tregua. No queremos que nos salven, porque no podemos salvarnos pero aun así, con rotos, desastres y catástrofes somos capaces de enamorarnos (de irnos la mayoría de las veces como si el miedo presionara el interruptor de la huida), y una vez nos enamoramos lo que nos queda es un eterno ‘Vamos, ven, sálvame’
Vivimos como si fuéramos a morir mañana y lo que más asusta es la apatía en el caso de que mañana dejásemos de existir y es que nos lanzamos de cabeza a todo lo que nos mate porque nos han arrebatado las ganas de vivir. Escuché una vez que la única forma para que no te rompan el corazón es fingir que no tienes uno. Bebemos, nos drogamos, por olvidar que existimos, no sabemos qué hacer con nuestra vida y en cada bocanada se nos cala el miedo en los pulmones, crecimos demasiado rápido en un clima poco propicio y nunca seremos libres porque nuestra peor cárcel somos nosotros mismos.
Llevamos la tristeza en los ojos, vivimos con miedo a sostener la mirada a quién sabe ver, por si nos ven a través de las grietas y les cortan nuestros rotos. El insomnio en las ojeras, las heridas, los cortes y las cicatrices grabados a fuego en la piel.
Nada de lo que haremos será suficiente, suficiente para la sociedad, para nuestros padres, para nosotros mismos. Vivimos fallando, y jode, que vivamos para fallar.
Llevamos tanto en esta continua guerra interna que creemos en la paz cuando sólo hay tregua. No queremos que nos salven, porque no podemos salvarnos pero aun así, con rotos, desastres y catástrofes somos capaces de enamorarnos (de irnos la mayoría de las veces como si el miedo presionara el interruptor de la huida), y una vez nos enamoramos lo que nos queda es un eterno ‘Vamos, ven, sálvame’
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| Dibujo de Albert Solòviev |
MissRuines.
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