Me siento como Antígona, encerrada, presa. Encerrada en la prisión que es mi mente, de la que si bien tras mil esfuerzos y dos mil batallas logro romper los grilletes, sé que nunca lograré escapar. Habito un cuerpo que no es el mío, por eso me siento extranjera, en una piel que no me pertenece. Me niego a creerlo, pero esta yo, no soy del todo yo, sé quien es, pero no logro saber quién soy, sin embargo sea quien sea, sé que soy algo más que el monstruo que me devora las entrañas y me despoja de cualquier acto que pueda llevar a cabo para reclamar mi pertenencia.
Dicen que tus problemas no te definen, pero ¿qué es una persona más que la historia de su lucha? Su lucha diaria, contra mil y por mil cosas, su lucha, al fin y al cabo, por la emancipación, de todo lo que la oprime, pero también de si misma.
Es irónico, yo, que siempre he amado la libertad, que la concibo como el único motivo de una existencia pura y plena, soy esclava. Por eso me recuerdo tan bien a Antígona, de nada le sirvió que toda Tebas la quisiera, quizás su gran problema fue el que nunca nadie hizo que se sintiera querida. Aún con Hemón, y su incansable lucha contra la ceguera de su padre, Creonte, para liberarla. Aún con sus gritos y sus sollozos, y el amor insaciable no solo de su prometido sino de toda una ciudad, nada le sirvió para acallar las carcajadas de unos dioses inhumanos, que desde ya antes de ser concebida sentenciaban su muerte. De nada sirvieron sus gritos, sus ansias de libertad, su valentía, será recordada, eso sí, pero nunca logró escapar.
Antígona, valiente, decidida a luchar por una causa justa, aún en contra de lo sentenciado, sin tener en cuenta las prohibiciones y el castigo al que sería sometida, llevó a cabo una acción que sería su sentencia de muerte.
¡Antígona! Aún después de miles de años te asombrarías al creer que habitas en todas nosotras, en batallas distintas, pero siempre luchando, aún contra lo establecido, contra lo 'aceptado', y castigadas después por quién no entiende que nuestras vidas y nuestros actos sólo nos pertenecen a nosotras.
¡Antígona! todavía se escuchan tus gritos, desgarrando cada titubeo, cuando el miedo nos paraliza y no estamos seguras de si seremos capaces de llevar a cabo una acción que dotará a nuestras vidas de significado. Cuánto tuviste que sufrir Antígona, abandonada a tu propia suerte, aislada de la única persona que te supo amar, abandonada, al fin y al cabo, a tu propia muerte. Nadie puede comprender del todo tu sufrimiento, como tras tus gritos y los de tu mente la muerte logró asemejarse el único fin del sufrimiento, del tuyo, pero no del resto.
Sentiste no sólo los grilletes mentales, sino las cadenas físicas que te impedían refugiarte en unos brazos, liberarte, por un momento en el amor. Todavía escuchamos tu llanto contra el capricho de quién nunca te supo escuchar, de quién nunca quiso entenderte. La rabia contra Creonte está viva desde entonces, quizá el liberarte aún con tu cuerpo inerte no será suficiente para salvarte, y a pesar de llevar muerta tanto tiempo, nos queda el saber que resucitas cada vez que luchamos, y que esta vez, ni el designio de los dioses, ni los caprichos de un rey así como la pasividad de una ciudad que tanto te quiso serán suficientes para sentenciarte a muerte, Antígona, hoy más que nunca, estás viva en cada lucha.
MissRuines.
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